La sobreexposición a contenidos falsos en redes sociales y plataformas digitales ha dejado de ser solo un problema de veracidad informativa para convertirse en un desafío de salud emocional entre los jóvenes españoles. Así lo revela el estudio “Desinformación y bienestar emocional en los jóvenes”, realizado por la consultora Evercom junto al instituto de investigación IO Sondea, que pone cifras preocupantes sobre la mesa: el 92 % de los jóvenes entre 18 y 35 años asegura haber recibido información falsa en los últimos seis meses.
El informe destaca el papel central que juega la comunicación —y especialmente la comunicación digital— en la configuración emocional y psicológica de los jóvenes. No se trata únicamente del volumen de desinformación, sino de sus consecuencias: el 83 % de los encuestados afirma que estos contenidos falsos impactan negativamente en su estado de ánimo, provocando emociones como ansiedad, rabia, frustración o tristeza.
Comunicación distorsionada, emociones alteradas
Los datos del estudio son claros: más de 6 de cada 10 jóvenes confiesan haber cambiado su percepción sobre un tema o una persona por culpa de una fake news. Esta alteración de la percepción personal, mediada por mensajes engañosos, evidencia cómo la desinformación actúa como un vector de manipulación emocional, erosionando la confianza en los canales de información e incluso en su entorno cercano.
Además, el informe advierte sobre la creciente desconfianza hacia los medios tradicionales, que apenas gozan de la credibilidad del 15 % de los jóvenes. En su lugar, los usuarios buscan validación en sus círculos sociales, donde el riesgo de amplificación de bulos es aún mayor debido a la falta de filtros editoriales.
El algoritmo como nuevo editor
Uno de los elementos más críticos señalados por Evercom es el papel de los algoritmos en la difusión de contenido emocionalmente polarizante. Plataformas como TikTok, Instagram o X (antes Twitter) favorecen publicaciones con alto impacto emocional —no necesariamente verídicas— que refuerzan sesgos y aumentan la exposición a noticias falsas. En ese contexto, la desinformación se comunica no solo a través del contenido, sino también mediante su formato, viralidad y carga emocional.
“Estamos ante un nuevo paradigma donde la desinformación no solo tergiversa los hechos, sino que altera el estado emocional colectivo, especialmente en la juventud”, señala el informe. La investigación también subraya cómo estos contenidos falsos afectan a la percepción de temas sensibles como política, salud mental, violencia de género o conflictos sociales.
Claves para una comunicación más ética
Desde la perspectiva de la comunicación corporativa, institucional y mediática, el estudio lanza una llamada urgente a construir estrategias de comunicación más responsables, contrastadas y empáticas. En un entorno donde el volumen de información es inabarcable y la atención es limitada, el reto ya no es solo informar, sino comunicar con propósito y precisión.
Evercom plantea la necesidad de fomentar programas de alfabetización mediática y emocional, tanto desde las instituciones como desde los propios medios, para dotar a los jóvenes de herramientas críticas que les permitan identificar y filtrar contenidos manipuladores.
Asimismo, recomienda incorporar protocolos éticos de verificación en las campañas de comunicación y marketing dirigidas a audiencias jóvenes, evitando el uso de mensajes ambiguos o sensacionalistas que puedan reforzar desinformación o provocar estados emocionales negativos.
Un problema estructural de comunicación digital
El estudio de Evercom no solo ofrece una radiografía de cómo se sienten los jóvenes frente a la desinformación, sino que plantea una reflexión profunda sobre el papel de la comunicación en la construcción del bienestar social. La digitalización ha democratizado la emisión de mensajes, pero también ha multiplicado los riesgos de manipulación.
En este nuevo escenario, el comunicador no solo debe ser emisor de mensajes, sino garante de su impacto emocional y social. La desinformación ya no es solo un fallo informativo: es un síntoma de un sistema comunicacional que necesita repensarse desde la ética, la empatía y la responsabilidad.